Aproveché la intimidad del
ascensor para rebajar la presión de las vibraciones y con mis ojos clavados en
los suyos atrapé sus pezones entre mis dedos, retorciéndolos, mientras le decía
que no olvidara que era una puta a mi disposición y que ahora empezaba lo bueno.
Forcé aún más el giro de mis
muñecas para arrancarle un grito que acalló la apertura de las puertas del
ascensor.
En el pasillo de la planta,
frente a la puerta de la habitación, le dije que las perras no caminan a dos
patas y agarrándola del pelo la obligué a ponerse de rodillas. De reojo revisó
la presencia de alguien que pudiera verla. No te inquietes, le dije, ya he
mirado yo.
¿Acaso no confías en mí? Le pregunté algo
molesto mientras le impedía franquear la puerta.
Si Amo, lo siento mucho, discúlpeme,
contestó ella incorporándose.
Una bofetada le hizo recuperar la
postura. Entra perra, le indiqué, y quédate en el centro de la habitación hasta
que te diga.
Sé que la humillación a que había
sido sometida le excitaba, pero no quise otorgarle más prebendas de las
necesarias y la tuve más de quince minutos hostigada por mi indiferencia.
Imaginé sus pensamientos y me
recreé notando como crecía su
incertidumbre y su impaciencia.
Abrí mi maleta y busqué la
mordaza que provocaba en ella sentimientos encontrados; por sus confidencias
conozco el temor que les profesa y la excitación que le provocan una vez
colocadas. Además, uno de mis fetiches es hacer babear a una mujer con una
mordaza.
Sus ojos ratificaron mis
sospechas hasta que me privé de su preciosa visión al colocarle un antifaz. Privar
del sentido de la vista a una sumisa, aparte de ser un tópico, me posiciona en
una situación muy excitante.
La incorporé tirando de su pelo
hasta ponerla de pie y le dije que quería ver como se desnudaba para mí, que quería ver la perra que llevaba dentro y
que esperaba que fuera lo suficientemente convincente para que mis deseos por
usarla no defraudaran las expectativas que tenía puestas en ella.
A pesar de que su boca no podía
expresar, sé que sonreía halagada y consciente de que no me decepcionaría.
Comenzó a contornear su silueta,
dibujándola contra la pared, con ese sutil movimiento de caderas que sabe que
tanto me excita. Se recreó en lo que hacía, conocedora de lo que estaba
provocando en mí y fue dejando caer su vestido con delicadeza.
Sus pechos agitados, mostraban
unos pezones endurecidos. Su braga brasileña la hacía más sugerente. Sus manos
fueron recorriendo su cuerpo tal y como lo haría yo, acariciando y pellizcando
cada rincón.
Puse en funcionamiento la bala
vibradora, variando la intensidad con movimientos de mi mano. De inmediato la
memoria la traslado al grado de frenesí de la recepción y frotó con fuerza su
clítoris mientras se pellizcaba un pezón.
¡Quieta!
Su inmovilidad fue inmediata e
impecable. Los brazos a los costados, la cabeza inclinada hacia el suelo, las
piernas estiradas y abiertas a la altura de los hombros. Petrificada, aunque en
su cabeza bullían las posibilidades.
Me acerqué y levanté su barbilla
para besarle la mejilla. Muy bien puta, veo que sabes qué eres y a quién
perteneces.
Le apresé los pezones
alargándolos hacia el techo hasta dejarla de puntillas. En el punto de máximo
estiramiento los presioné. Las yemas de mis dedos casi se tocaban. Los retorcí.
Babeaba.
Al soltarlos permaneció de
puntillas. Bien zorrita. Seguro que estás empapada, ¿eh?
Mis manos buscaron su vagina; dos
dedos la penetraron sin contemplaciones, lo que consiguió que aún se elevara un
poco más. Chorreaba la muy puta.
Saqué la bala vibradora y de un
solo gesto rasgué su braga, desposeyéndola de la única coraza que la apartaba
de mí.
Empapados los dedos, jugaron con
su clítoris, pellizcando y golpeando. La sentí tan entregada que cuando levantó
la mano pidiendo permiso para correrse estuve a punto de complacerla.
Aún no. Espera.
La doble por la cintura llevando
sus manos al sillón del que me había levantado. Tuvo que abrir las piernas para
no perder estabilidad, ofreciéndome su culo.
Aproveché su excitación
resbalando entre mis dedos, para penetrarle el ano con un dedo. Una sacudida
facilitó el alojamiento del mismo. Comencé a masturbarla, aumentando
progresivamente el ritmo.
Un hilo procedente de su boca
empezó a mojar el suelo. Su respiración
era muy agitada. Dos dedos entraban y salían de su ano. Volvió a pedir permiso
para correrse.
Ahora voy a follarte el culo,
zorra. Te correrás cuando sientas mi semen en tu interior.
Gimió mientras se separaba una
nalga con la mano. Liberé mi erección y la lubrique con mi saliva. Al notar la
presión en la entrada de su ano, abrió más las piernas en súplica de que
cumpliera mis intenciones.
La penetré de una sola embestida
y en escasos minutos de conjunción, me derramé en su interior, provocando su obediente
orgasmo. Caímos derrotados al suelo.
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