NUESTRA

miércoles, 14 de agosto de 2013

¿Una historia real? 2ª parte


Aproveché la intimidad del ascensor para rebajar la presión de las vibraciones y con mis ojos clavados en los suyos atrapé sus pezones entre mis dedos, retorciéndolos, mientras le decía que no olvidara que era una puta a mi disposición y que ahora empezaba lo bueno.

Forcé aún más el giro de mis muñecas para arrancarle un grito que acalló la apertura de las puertas del ascensor.

En el pasillo de la planta, frente a la puerta de la habitación, le dije que las perras no caminan a dos patas y agarrándola del pelo la obligué a ponerse de rodillas. De reojo revisó la presencia de alguien que pudiera verla. No te inquietes, le dije, ya he mirado yo.

 ¿Acaso no confías en mí? Le pregunté algo molesto mientras le impedía franquear la puerta.

Si Amo, lo siento mucho, discúlpeme, contestó ella incorporándose.

Una bofetada le hizo recuperar la postura. Entra perra, le indiqué, y quédate en el centro de la habitación hasta que te diga.

Sé que la humillación a que había sido sometida le excitaba, pero no quise otorgarle más prebendas de las necesarias y la tuve más de quince minutos hostigada por mi indiferencia.

Imaginé sus pensamientos y me recreé notando como  crecía su incertidumbre y su impaciencia.

Abrí mi maleta y busqué la mordaza que provocaba en ella sentimientos encontrados; por sus confidencias conozco el temor que les profesa y la excitación que le provocan una vez colocadas. Además, uno de mis fetiches es hacer babear a una mujer con una mordaza.

Sus ojos ratificaron mis sospechas hasta que me privé de su preciosa visión al colocarle un antifaz. Privar del sentido de la vista a una sumisa, aparte de ser un tópico, me posiciona en una situación muy excitante.

La incorporé tirando de su pelo hasta ponerla de pie y le dije que quería ver como se desnudaba para mí,  que quería ver la perra que llevaba dentro y que esperaba que fuera lo suficientemente convincente para que mis deseos por usarla no defraudaran las expectativas que tenía puestas en ella.

A pesar de que su boca no podía expresar, sé que sonreía halagada y consciente de que no me decepcionaría.

Comenzó a contornear su silueta, dibujándola contra la pared, con ese sutil movimiento de caderas que sabe que tanto me excita. Se recreó en lo que hacía, conocedora de lo que estaba provocando en mí y fue dejando caer su vestido con delicadeza.

Sus pechos agitados, mostraban unos pezones endurecidos. Su braga brasileña la hacía más sugerente. Sus manos fueron recorriendo su cuerpo tal y como lo haría yo, acariciando y pellizcando cada rincón.

Puse en funcionamiento la bala vibradora, variando la intensidad con movimientos de mi mano. De inmediato la memoria la traslado al grado de frenesí de la recepción y frotó con fuerza su clítoris mientras se pellizcaba un pezón.

¡Quieta!

Su inmovilidad fue inmediata e impecable. Los brazos a los costados, la cabeza inclinada hacia el suelo, las piernas estiradas y abiertas a la altura de los hombros. Petrificada, aunque en su cabeza bullían las posibilidades.

Me acerqué y levanté su barbilla para besarle la mejilla. Muy bien puta, veo que sabes qué eres y a quién perteneces.

Le apresé los pezones alargándolos hacia el techo hasta dejarla de puntillas. En el punto de máximo estiramiento los presioné. Las yemas de mis dedos casi se tocaban. Los retorcí. Babeaba.

Al soltarlos permaneció de puntillas. Bien zorrita. Seguro que estás empapada, ¿eh?

Mis manos buscaron su vagina; dos dedos la penetraron sin contemplaciones, lo que consiguió que aún se elevara un poco más. Chorreaba la muy puta.

Saqué la bala vibradora y de un solo gesto rasgué su braga, desposeyéndola de la única coraza que la apartaba de mí.

Empapados los dedos, jugaron con su clítoris, pellizcando y golpeando. La sentí tan entregada que cuando levantó la mano pidiendo permiso para correrse estuve a punto de complacerla.

Aún no. Espera.

La doble por la cintura llevando sus manos al sillón del que me había levantado. Tuvo que abrir las piernas para no perder estabilidad, ofreciéndome su culo.

Aproveché su excitación resbalando entre mis dedos, para penetrarle el ano con un dedo. Una sacudida facilitó el alojamiento del mismo. Comencé a masturbarla, aumentando progresivamente el ritmo.

Un hilo procedente de su boca empezó a  mojar el suelo. Su respiración era muy agitada. Dos dedos entraban y salían de su ano. Volvió a pedir permiso para correrse.

Ahora voy a follarte el culo, zorra. Te correrás cuando sientas mi semen en tu interior.

Gimió mientras se separaba una nalga con la mano. Liberé mi erección y la lubrique con mi saliva. Al notar la presión en la entrada de su ano, abrió más las piernas en súplica de que cumpliera mis intenciones.

La penetré de una sola embestida y en escasos minutos de conjunción, me derramé en su interior, provocando su obediente orgasmo. Caímos derrotados al suelo.

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