NUESTRA

miércoles, 14 de agosto de 2013

¿Una historia real?


Llegó a la estación acompañada de su marido. Tenía esa típica sonrisa nerviosa que implicaba el bullir de sensaciones que se agolpaban en su cabeza. Miró de reojo, buscándome, hasta que se cruzó con mis ojos, que la revisaban de pies a cabeza. Instintivamente relajó su expresión e inclinó la cabeza en demostración de su entrega.

Releí la portada del periódico, dilatando deliberadamente la tensa espera.

La noté crecer en ansiedad, sin encontrar el momento de subir al tren, mientras esperaba verme desaparecer en el interior del vagón. Sé que, en su desasosiego, me imaginó abandonar  la estación deleitándome con el castigo de robarle ese fin de semana que habíamos planeado.

Su excitación, histérica, crecía haciendo aflorar ese gesto de taconeo, al acercarse la hora de salida y comprobar la indiferencia y pasividad de mi expresión corporal.

Besó a su marido y subió al tren con la maleta en su mano izquierda y la incertidumbre en su entrepierna. No pudo mirar hacia el banco donde estaba sentado.

 Me acerqué por su espalda y apoyando distraídamente mi mano en su respaldo, atrapé sutilmente su pelo obligándola a mirarme. Sus ojos estaban cerrados pero sonreía, sabiéndome junto a ella.

Le indiqué con dulzura que estaba sentada en mi sitio y aprovechó el desplazamiento para dejar su vestido escandalosamente subido, cual ramera vendiendo su producto, mientras entreabría sus piernas para complacer mis deseos.

Cobijándome tras mi portátil, aproveché para recorrer sus muslos y demostrarle que comprobaría si había cumplido mis órdenes. Llegué a su entrepierna y me humedecí los dedos con su pasión. Cerró los ojos, ahogando un suspiro, mientras yo tiraba de su braguita y la sacaba de su vagina. Sutilmente la escondí en el interior de mi mano impregnándome de su aroma, antes de meterla en el bolsillo de mi chaqueta.

Según tenía previsto y aprovechando ese tramo oscuro del recorrido, la saqué de mi bolsillo y se la metí en la boca, susurrándole al oído que fuera al baño, se masturbara mientras la saboreaba y, tras correrse como una perra, se la pusiera y volviera al asiento.

La siguiente hora de viaje la pasamos charlando relajadamente.

 Apenas quedaban diez minutos para llegar a nuestro destino cuando le entregué una cajita y le ordené que fuera al baño y la abriera .

En su interior le esperaba una bala vibradora de control remoto que debía introducir en su vagina.

Vigilé su regreso y cuando apareció por el pasillo la puse en funcionamiento, arrancándome una sonrisa el espasmo que le provocó y sus intentos de disimularlo.

Cuando llegó a mi altura y me solicitó permiso para pasar, activé la máxima vibración retardando mi incorporación mientras la miraba directamente a los ojos. Un impulso eléctrico recorrió su espina dorsal. Apretó sus muslos y mordisqueó su labio inferior disfrutando del momento.

Jugando con diferentes movimientos de mi mano, que albergaba el control remoto, la fui llevando por diferentes estados de ansiedad hasta que, próximos a la entrada en la estación, le arranqué un nuevo orgasmo que silencié besándola profundamente y que la dejó tirada en el asiento como una muñeca de trapo.

Detuve el artilugio que, tras la tortura, le hacía brillar de una forma especial y la tomé de la mano para bajar del tren.

Estaba preciosa y sus ojos hablaban. Su sonrisa lo inundaba todo y no pude reprimir un azote en su trasero al subir al taxi.

 Llegando al hotel activé de nuevo la bala, con una oscilación suficiente para que no la olvidara. Me miró solicitando instrucciones, pero tan sólo encontró una sonrisa en mis labios que provocó tensión en sus piernas e imprecisas expectativas que arquearon su espalda mientras notaba la mirada del taxista a través del espejo retrovisor.

Durante el cheking en la recepción del hotel, soportó las atentas explicaciones del empleado sin dejar de mirar mi mano que, oscilando, dibujaba en el aire los estremecedores espasmos que sentía con cada variación de las vibraciones.

La vi apretar los puños, marcándose las uñas, por evitar lo inevitable (no te corras, le dije al cruzar la puerta giratoria del hotel).

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