Llegó a la
estación acompañada de su marido. Tenía esa típica sonrisa nerviosa que implicaba
el bullir de sensaciones que se agolpaban en su cabeza. Miró de reojo,
buscándome, hasta que se cruzó con mis ojos, que la revisaban de pies a cabeza.
Instintivamente relajó su expresión e inclinó la cabeza en demostración de su
entrega.
Releí la portada del periódico,
dilatando deliberadamente la tensa espera.
La noté crecer en ansiedad, sin
encontrar el momento de subir al tren, mientras esperaba verme desaparecer en
el interior del vagón. Sé que, en su desasosiego, me imaginó abandonar la estación deleitándome con el castigo de
robarle ese fin de semana que habíamos planeado.
Su excitación, histérica, crecía
haciendo aflorar ese gesto de taconeo, al acercarse la hora de salida y
comprobar la indiferencia y pasividad de mi expresión corporal.
Besó a su marido y subió al tren
con la maleta en su mano izquierda y la incertidumbre en su entrepierna. No
pudo mirar hacia el banco donde estaba sentado.
Me acerqué por su espalda y
apoyando distraídamente mi mano en su respaldo, atrapé sutilmente su pelo
obligándola a mirarme. Sus ojos estaban cerrados pero sonreía, sabiéndome junto
a ella.
Le indiqué con dulzura que estaba
sentada en mi sitio y aprovechó el desplazamiento para dejar su vestido escandalosamente
subido, cual ramera vendiendo su producto, mientras entreabría sus piernas para
complacer mis deseos.
Cobijándome tras mi portátil,
aproveché para recorrer sus muslos y demostrarle que comprobaría si había
cumplido mis órdenes. Llegué a su entrepierna y me humedecí los dedos con su
pasión. Cerró los ojos, ahogando un suspiro, mientras yo tiraba de su braguita
y la sacaba de su vagina. Sutilmente la escondí en el interior de mi mano
impregnándome de su aroma, antes de meterla en el bolsillo de mi chaqueta.
Según tenía previsto y aprovechando
ese tramo oscuro del recorrido, la saqué de mi bolsillo y se la metí en la
boca, susurrándole al oído que fuera al baño, se masturbara mientras la
saboreaba y, tras correrse como una perra, se la pusiera y volviera al asiento.
La siguiente hora de viaje la
pasamos charlando relajadamente.
En su interior le esperaba una
bala vibradora de control remoto que debía introducir en su vagina.
Vigilé su regreso y cuando
apareció por el pasillo la puse en funcionamiento, arrancándome una sonrisa el
espasmo que le provocó y sus intentos de disimularlo.
Cuando llegó a mi altura y me
solicitó permiso para pasar, activé la máxima vibración retardando mi
incorporación mientras la miraba directamente a los ojos. Un impulso eléctrico
recorrió su espina dorsal. Apretó sus muslos y mordisqueó su labio inferior
disfrutando del momento.
Jugando con diferentes
movimientos de mi mano, que albergaba el control remoto, la fui llevando por
diferentes estados de ansiedad hasta que, próximos a la entrada en la estación,
le arranqué un nuevo orgasmo que silencié besándola profundamente y que la dejó
tirada en el asiento como una muñeca de trapo.
Detuve el artilugio que, tras la
tortura, le hacía brillar de una forma especial y la tomé de la mano para bajar
del tren.
Estaba preciosa y sus ojos
hablaban. Su sonrisa lo inundaba todo y no pude reprimir un azote en su trasero
al subir al taxi.

Llegando al hotel activé de nuevo
la bala, con una oscilación suficiente para que no la olvidara. Me miró
solicitando instrucciones, pero tan sólo encontró una sonrisa en mis labios que
provocó tensión en sus piernas e imprecisas expectativas que arquearon su
espalda mientras notaba la mirada del taxista a través del espejo retrovisor.

Durante el cheking en la
recepción del hotel, soportó las atentas explicaciones del empleado sin dejar
de mirar mi mano que, oscilando, dibujaba en el aire los estremecedores
espasmos que sentía con cada variación de las vibraciones.


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